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Graciela era una mujer de unos treinta y ocho años de piel morena y delgada, ya había pasado por el quirófano para arreglarse los pechos y las caderas, quitándose lo que se llaman las pistoleras, su pelo era liso de color castaño y le llegaba hasta la altura de sus hombros. Tenía ojos verdes y unas pestañas enormes que junto con sus labios carnosos, también rellenados con silicona, daba la imagen de una mujer impresionante pero que se le notaba que ya estaba de vuelta de todo.

 

Había quedado con ella en una cafetería de mala muerte, en una de las calles más escondidas de la ciudad, era de esas cafeterías donde sólo hay personas de avanzada edad apoyadas en la barra bebiéndose una taza de riveiro, y donde la jefa pasaba ya de los sesenta, bastante entrada en kilos y sin apenas espíritu de vida. El olor del sitio era bastante repugnante ya que se mezclaba el olor del riveiro derramado en el suelo y en la barra junto con el cocido gallego que se recalentaba para el menú del día.

 

Treinta minutos después de la hora determinada, llegué al local, el retraso fue predeterminado, ya que mi pretensión es que se sintiera sóla y se viese observada por los vejestorios borrachos del lugar. Para la cita, le había dicho que viniese con una blusa negra desabrochada hasta el tercer botón de forma que se dejase ver todo su canalillo y parte de sus tetas las cuales no llevarían puesto el sujetador. Además, le insistí, en que se pusiese una falda holgada que le llegase hasta las rodillas y que no se pusiera bragas, ya que le había ordenado que al sentarse se levantase la falda para que su culo tocase directamente con aquella silla fría de madera. Me fui a la barra y pedí una taza de vino, desde allí, le hice una señal para que se acercase y metiéndole una mano en el culo por debajo de su falda, y apretándoselo todo lo que podía, sin decirle una palabra le hice beberse de un solo trago todo el vino haciendo que este rebosase de su boca y callese por el canalillo de sus tetas, le llamé puta y le di un bofetón por dejar derramar el vino, la agarré del cuello y la lleve hacia donde estaba un viejo y le pedí que le lamiese todo el líquido que había derrochado y para facilitarle el trabajo le desabroche la blusa hasta que tuvo al descubierto sus tetas de silicona. Aquel viejo, borracho, dejo caer su cara sobre las tetas de ella y sacando su lengua la babó entera mientras yo la mantenía agarrada de los pelos tirando su cabeza hacia atrás.

 

Al llegar a mi piso le ordené que se desnudara y que se pusiese a cuatro patas y me siguiese. Me paré en la puerta del salón donde había colocado una barra de acero de un extremo al otro, la levanté por los pelos, le até las manos y la golgué de la barra haciendo que tuviese que estar de puntillas para tocar el suelo. La deje allí, alrededor de media hora, sóla, sin dirigirle ni una palabra, ni un gesto, con la advertencia de que si oía algún ruido que saliese por su boca la castigaría sin piedad.

 

Volví con tres velas, una larga y fina y dos grandes y gruesas. Graciela, permanecía inmóvil y al verme llegar con ellas se asustó pero no dijo nada, cogí una de las velas gruesas y comencé poco a poco a metersela en su coño, que estaba totalmente húmedo, al principio parecía que no entraba pero debido al calor que desprendía su sexo la vela se iba poco a poco adaptando e introduciéndose cada vez mas y mas, ella no hacia mas que jadear, cuando comprobé que ya estaba prácticamente dentro, encendí la vela fina y larga y empecé a dejar caer su cera por sus pezones primero uno y luego otro hasta que estuvieran cubiertos de cera. Le abrí su boca, he hice que la mantuviese agarrada con sus dientes mientras la cera le seguía cayendo por todo su cuerpo. Entonces, cogí la otra vela gruesa y después de untarla con grasa se la empecé a meter por todo su culo, poco a poco para sacarla de vez en cuando de golpe y meterla otra vez de un solo impulso.

 

Así estaba Graciela, colgada de la barra, de puntillas y con una vela en cada orificio de su cuerpo y llena de cera caliente en sus tetas. Fue entonces, cuando agarrando el cinturón comencé suavemente a pegarle latigazos en su espalda, nalgas y barriga. Mi excitación iba en aumento y cada vez le dama mas y mas fuerte, fue en ese instante que de golpe le quite la vela del culo y del coño provocando en ella un grito de extasis que hizo que me corriese inmediatamente. La desaté, y le obligué a que me limpiase toda mi polla. La besé tiernamente en los labios y la despedí.

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